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Ecos

Cuando digo setenta, una macilenta flor se debate entre las grietas de un hoy tan presagiado y sobre la mesa de este juego, en patético recodo, un sueño herido golpea a dos bandas, de su herida brotan los imaginarios acordes de un soñador, en tanto, una inútil mímica pretende representar el absurdo esfuerzo de un tren sin vías mientras, en la última estación de un subterráneo, se refugia una esperanza perseguida por una jauría, en el telón del olvido se proyecta la imagen de una virgen atea que ofrenda su vida arrojándose al paso de un recuerdo y afuera, la sombra de una utopía se desmaya sobre las baldosas de la plaza mientras la sobrevuela una paloma negra. Entonces, un rayo ilumina la tragedia hasta que suenan truenos, un temporal desata toda su furia, el torrente de la lluvia limpia el cielo que sí existe y riega el retoño de una flor roja que sonríe, cuando digo setenta.

El penúltimo exilio.

"La palabra felicidad siempre me llevó a reflexión, y son muchas y variadas las interpretaciones que de ella hice sin lograr ponerme de acuerdo conmigo mismo sobre cuál sería la más acertada. Desde hace bastante me apegué a la idea de que la felicidad es una utopía imprescindible, y dentro de mi concepción de vida la vinculé con otra utopía: la libertad."  Leyendo esto que alguna vez escribí, se me ocurre pensar que la persecución de este tipo de utopías es una manera de darle sentido a ese penúltimo exilio en el que estamos, al que llamamos vida.